jueves, 4 de septiembre de 2008

Magia y embrujo de las palabras (1ra. Parte)

Por Susana Dillon

“Pueden describir lo mas sublime, pero llegar a lo mas abyecto”
Esopo.

Las palabras, eso que hacen al hombre distanciarse de las bestias, son el envase de las ideas.
A ellas les confiamos nuestra necesidad de acercarnos a los que nos rodean, cumpliendo con el instinto de ser seres sociables, aún con códigos y costumbre diferentes.
Las palabras, que primero fueron rústicos sonidos, guturales expresiones gritos de rabia o de euforia, luego se aprisionaron en signos y siluetas, grabadas en las piedras, para dejar las huellas de sus necesidades o sus creencias, pero a los siglos empezaron a viajar no bien se descubrieron los valores de mensajes dejados en cueros grabados, para volar en hojas de un país a otro, de una mano a otra que las esperaba.
Ya lo dijo el viejo Esopo, aquel esclavo griego que inventó las fábulas: “pueden describir lo más sublime y llegar a lo más abyecto”. Pueden entonces obrar como veneno y como antídoto, llevar la vida o la muerte.
Dice Galeano: “tengo la sangre llena de palabras”, porque las usa para mostrarnos las venas que se abrieron en nuestra América cuando se cercenaron las libertades y se esclavizó a los hombres.
Hay palabras toscas, rudas, rebeldes a la pluma, de texturas ríspidas y también las hay aterciopeladas, deliciosas, sutiles, enamoradas, que da encanto decirlas y obran como bálsamo. Son las que desparraman los poetas cuando las lanzan a correr el mundo, para deleite de los que las encuentran, para mitigar los sufrimientos y entender sus dramas.
Con las palabras se juega y también se tortura. Son seres vivos que nacen, crecen, se aparean, se multiplican y desaparecen en el más profundo de los olvidos. Las hay a la moda, que duran como una minifalda, las que enferman, tienen patologías, se parasitan, se corrompen, y luego degeneran, vaciándose de contenido y de efecto a fuerza de vulgarizarlas. ¿Has visto lo que pasa con la palabra “ESPECTACULAR” que se pronuncia para calificar desde un plato de sopa a una dama despampanante o a un gol inolvidable?
Ahí tienen un ejemplo de vulgaridad insoportable. La gente sigue usando ese burdo tinelismo. Un término que dio la vuelta al mundo en la boca del conductor de programas donde se divertían a costa de los viejos, las tontas y los desprevenidos.
A muchas palabras las inventan en los laboratorios, otra nacen con defectos porque pertenecen a otros idiomas y se prestan como si fueran un pañuelo o una taza de yerba, hasta las hay tuertas, cojas o mancas. También están las que nunca queremos pronunciar y sin embargo se nos meten por cualquier hendija como si fueran un chiflete y somos capaces de sacarlas a patadas por las puertas. Son las que no queremos oír, se nos presentan en el espanto de las pesadillas o pertenecen a los reproches de la conciencia, esa voz que no nos deja en paz cuando por comodidad no nos hacemos cargo de nuestras debilidades o nuestras culpas. Son las secretas voces que no nos atrevemos a decir al confesor o al psiquiatra porque representan nuestros demonios agazapados en el sótano del inconciente.
Pero las hay resplandecientes y mágicas que usamos muy pocas veces porque pertenecen a nuestros jardines interiores, allí donde albergamos al amor de mil formas, a nuestros ideales y a las más extravagantes utopías.
Cómo serán de atrapantes y seductoras que hay un proverbio hindú que nos recuerda: “con redes se cazan los tigres, y con palabras de adulación a los hombres”.
Con un puñado de palabras, te las puedes arreglar para cambiar el curso de una política, voltear un dirigente, demoler una honra, pero también remediar injusticias, levantar a un caído, hacer florecer una idea, honrar a un humillado, en fin, cambiar una situación, redimir al mundo, crear nuevas ilusiones. ¡Viejo Esopo, cuanta razón sigues teniendo!. ¿Acaso Cleto no dijo una sola palabra a tiempo y quedó para la historia?

Susana Dillon

No hay comentarios:

Publicar un comentario