sábado, 5 de febrero de 2011

Síntomas de crisis




Por susana Dillon


Los chanchitos degollados.

Cada vez que este país, donde el creador derramó sus dones, entra en uno de esos períodos donde el mundo se nos cae encima, hay signos premonitorios de que tranquilos no nos podemos seguir quedando en babia. Ya tenemos experiencia que estos sacudones son cíclicos, por lo tanto estemos alertas.
Pero tenemos una contra, no nos acordamos cómo empezaron los anteriores, así que repetimos nuestros descuidos. Por otra parte somos remisos a estudiar la historia que además de ser muy mentirosa, (si es la oficial) y amiga de esconderse bajo la alfombra, junto con la basura que pretendemos, las visitas, no van a notar.
Los años en que fui chica, recuerdo que las crisis nos atacaban de vez en cuando, ahí nomás se venía el golpe de estado, pero la crisis estaba sentada en la puerta de calle y pasaban cosas nefastas. Había que ajustarse el cinturón y resignarse a vivir a los saltos. Había algunos lapsos de pequeña prosperidad, pero luego había que ajustarse el cinturón y aprender a pasar el invierno sin cobijas. Y soportar las razones que nos daban nuestros nunca bien ponderados ministros de economía que iban siempre hacia el Norte para pedir asesoramiento de cómo entregar al país. Entonces se decretaba el ajuste de cinturón y el cómo milagrosamente llegaríamos a fin de mes. Se perdían los empleos, había que vender el auto, cambiarse a casa más chica y a los chicos de colegio. Hubo gente que perdía hasta los zapatos, y quien se pegaba un tiro. Los pobres, lo fueron cada día más y siempre eran tentados por grandes promesas antes de votar. Hubo ministros de economía que huían del país, otros que preferían esconder su propiedades de millones de hectáreas y otros a quienes los jubilados los hicieron deshidratar llorando de emoción por las cuitas de los estafados y jubilados.
Pero en estos últimos cincuenta años de mi vida, las crisis llegaron cada vez mas seguidas. De cajón, que alguien las provocaba. Siempre a río revuelto, los pescadores avispados consiguen la mejor pesca.
Ya en 1889, un concuñado de Roca, el Dr. Miguel Juárez Celman, nombrado presidente a dedo y gran derrochón, primero tiró manteca al techo y después tuvo que renunciar porque se había terminado la fiesta, surgieron bancos como hongos, dieron créditos a los amigos, hubo corridas bancarias, los que estaban en "la cosa", se llevaron la plata afuera y nos dieron la nueva que a la plata guardada en los bancos no había que tocarla ni que te estuvieras muriendo. Así se estrenó el primer y célebre "corralito". En la ventanilla de los bancos te sonreían pulidamente pero parecían decirnos: "andá, pedile guita a tu abuela".
Quebraron los bancos, se fundió la bolsa, se vino la revolución del 90.
Le tocó pilotear al Dr. Carlos Pellegrini, un Sr.  muy paquete, fundador del Jokey Club, que para salvarnos de los prestamistas del Imperio Británico lo solucionó echando empleados públicos, se bajaron los sueldos y se condenó al hambre al gran pueblo argentino, esta vez sin salud ni comida. Algunos oligarcas despistados hasta tuvieron que malvender sus palacetes porque no había ni para poner flores en los floreros de Sevres.
Pero se conformaron viajando a París.
Con semejante desastre se suponía que íbamos a estar quemados, pero los que mandaban, tuvieron una idea salvadora. A las cosas feas y hediondas no había que contarlas en la historia oficial (esa que nos enseñaron cuando éramos inocentes) ni siquiera mentarla. Quedaba decadente y perdíamos como en la guerra del Paraguay, que hasta perdimos la vergüenza. Ya después del primer golpe inaugurando la década infame, se fusilaron los que pedían las ocho horas de trabajo, aquello tan horrendo de la matanza de los anarquistas, lo de la forestal, las elecciones con fraude, el enriquecimiento de unos pocos y la miseria de tantos pobres.
Pero a todas de estas historias vergonzantes no las pudieron registrar en los manuales escolares, de modo que nadie se enteró de lo que hicieron para nuestro perjuicio, los que ahora tienen estatuas y los honran con nombres de departamentos, calles, y edificios públicos.
Pero ahora, hasta los pibes que recién largaron el chupete sacan a relucir lo que ya han aprendido.
Hace unos días, en Buenos Aires, un parvulito de padres amigos, se arrimó a contarme sus cuitas: me muestra el chanchito de cerámica donde guarda sus monedillas para educarse en el ahorro, señalándome: mirá  Susa, me degollaron el chanchito con mis ahorros. Mi viejo me dijo que eran para cambiárselo al kiosquero por billetes. Por cada 100$, él le da 120$ en billetes
-¿A vos qué te da? le respondí con voz de yarará al ataque.
-A mí me da 5$ y me pidió prestados los 100$.
-¿así que ahora andan de prestamistas los dos?- ya lo vamos a conversar un rato con tu padre que le está haciendo falta le acomode las ideas. El chico, algo sorprendido, me recomendó: si lo ves, decile que se los presté, no que se los di.
Como estábamos en una reunión, me fue fácil encontrarlo, al pié de una cerveza.
-Mirá Luis, me vas a sacar de un apuro ahora que te encuentro; préstame $100 por un rato, a ver si llego al fondo de un problema, dije y tendí la mano con decisión.
El Luis, sofocado, aflojó los $100, pero no pudo con su genio ¿vieja, andas en apuros?
-No, el de los apuros debes ser vos, que andas degollando chanchitos de los inocentes, con el tema de la falta de monedas.  Ustedes, los porteños son un portento en economía, al déficit doméstico se lo hacen pagar a los indefensos.- y salí a buscar al infante.
Al rato, ya le había comprado otro chanchito, pero no tenía el alegre sonido de las monedas guardadas del primer ahorro.
Para no descorazonarlo, no le dije nada de lo que le sermonié a su padre la cosa era dejar salvada una ilusión y... la figura paterna. Le di los  100$ en nombre de Luis, que pronto los metió por la ranura con una sonrisa. Che Susa, que lástima que no hacen ruidito y me chantó un beso pegoteado de mermelada.

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