viernes, 11 de julio de 2008
PALABRAS QUE MARCARON ÉPOCA I
El Kontubernio।
El diccionario o mataburros no es un libro que nos enseña a hablar, más bien es un montón de palabras bien acomodadas de acuerdo al abecedario, que cuando no sabemos cómo se escriben, recurrimos a él para no pasar por asnos, dándole a cada una su valor, así dentro del texto no se patean mutuamente.
Hay gente que escribe difícil para jorobar a los lectores que tienen que consultarlo a cada renglón. Los hubo famosos en el siglo de Oro, donde a los sufridos estudiantes de Literatura nos hicieron estudiar a Góngora que torturó a tanto joven indefenso con páginas de oscuro significado. Otro fue Quevedo que menos mal matizó sus parrafadas con algún que otro verso atrevido pero de tinte filosófico; le gustaron a Borges y no les digo nada de nuestro amigo Filloy que se mandaba unos arcaísmos que nos hacían temblar. Demorabas años en terminar de leer uno de sus libros, tal era el ir y venir de las bibliotecas que tenías que consultar y luego digerir.
Pero no todos fueron literatos los que nos rompieron el balero, hubo un político de fuste que se afanó (por afán ¿no?) en declamar sus arengas insondables en lo más reñido de sus campañas electorales. Hasta dicen que inventaba palabras cuando no le venían bien las ya creadas para darle “ese no se qué” que debe tener un buen discurso o una excelente prosa. Fue Don Hipólito Irigoyen a quien sus irreverentes contemporáneos le llamaron “El Peludo”, por no practicar el autobombo.
Dicen que cuando pergeñaba una andanada para su auditorio, elegía cuidadosamente la palabra que quería imponer. Una de sus favoritas en épocas de su lucha contra el fraude, las componendas y la corrupción que hizo peregrinar a todo el mundo a consultar el libro gordo fue contubernio.
Para demostrar a sus opositores recalcitrantes, los que habían impuesto a bala y cuchillo el “Usted ya votó”, para que el votante se fuera silbando bajito a casa… y “andá, votale a tu abuela”, de paso le gatillaba el bufoso y la gente se escondía en los ranchos. Siempre ganaba el caballo del comisario.
Don Hipólito en la tribuna, bramaba contra la oligarquía que había impuesto el “contubernio”, el contubernio de los que se pasaban de contras a amigos acomodados, de los que saltaban de una ideología a otra, de los coimeros y de los traidores, como fue su pollo Marcelo T. de Alvear. A todos esos les cabía el término repudiable que los incendiaba sin misericordia.
Andar en el contubernio y que lo pesquen, era para perder la honra y el crédito. Don Hipólito se buscó la palabreja que era de los tiempos del Imperio Romano, Dixit Mariano Grondona- El Sabiondo- contubernium: concubinato o cohabitación ilegítima. Pero en tiempos de Julio César guerrero, se les decía a los que dormían en una carpa común, se suponía que eran soldados que dormían “en la lona”.
En tiempos del romanticismo, cuando la gente iba al campo de excursión, a las parejas cama afuera se les decía que andaban en tratos o compañerismo de los que ocupan la misma tienda.
Séneca más bien quiso decir convivencia y hasta conciliación llegando a coparticipación y acuerdo… y ya que estamos, nos corremos otro poquito para llegar a la mayor aproximación, con la salvedad de cohabitación ilícita y ya dimos la vuelta al mundo; para no quedarnos en la palmera como sonsos: alianza o liga vituperable.
Desde comienzos del siglo XX, el misterioso, sobrio, y escurridizo “Peludo” venía machacando a su auditorio denunciando los contubernios políticos de las fuerzas conservadoras.
Se desprende del énfasis del orador que prodigaba a sus archienemigos, que en ese caso la palabra en cuestión, tenía acento de VITUPERIO, o sea lo peor de lo peor en alianzas ilícitas y vergonzantes, siempre amparadas en frases rimbombantes y de gran efecto entre cándidos e inocentes como “acuerdos patrióticos, entre ciudadanos conspicuos”.
Por eso cuando nos quieren venir a embrollarnos el cerebro los “que varias veces acudieron presurosos a salvar a la Patria” o porque se autoelogian con la sanata de “estar al servicio de los sagrados intereses del país”, nos acordamos que Don Hipólito los tenía bien calados y les aplicaba airadamente el consabido ¡CONTUBERNIO!.
Pero resulta una lástima no recordar lo que ya pasó en tiempos tan lejanos rescatando la tremenda palabreja a todos los que cambian de vereda, de ideología o de partido.
¿Quién tiene estómago para seguir a un líder que cambia por conveniencia sus valores morales, su ética, o sus simpatías?
Debe ser por eso que les admiro a los hombres, esa única lealtad que no abandonan ni en la hora de la muerte: la del equipo de sus amores en la cancha dominguera.
A Don Hipólito, “los eternos defensores de la Patria” le hicieron el primer golpe militar del siglo XX, lo encarcelaron, las hordas entraron en su humilde domicilio y lo destruyeron buscando pruebas que lo incriminaran.
Todavía no practicaban aquello que se hizo costumbre: plantar pruebas. Lo tuvieron que liberar. Se probó que era honesto. Nos dejó ese buen recuerdo. Nos dejó ese ejemplo y la palabra que lo estigmatizó a los traidores, corruptos y siempre ganadores. Ahora habría que escribirla con K.
SUSANA DILLON.
jueves, 10 de julio de 2008
COMBATE EN CALZONCILLOS

El dibujo es de E. Stein, reproducido por “El Mosquito”.
Bibliografía: Crónica Argentina. Editorial Codex. Tomo5. Pag. V 67. 1979
Por Susana Dillon
Fue en la época (1890) en que el Dr. Miguel Juárez Celman, siendo presidente de la Nación ocasionó por su inconducta en el cargo: inflación, emisión de dinero sin respaldo, enriquecimiento ilícito, nepotismo, corrupción y desorden económico provocando un conflicto que derivó en luchas callejeras, pedidos de renuncia, quiebres de bancos y peligro de golpe de estado e inventor del primer “corralito”.
Los revolucionarios armados, chocaron con las fuerzas del Gral. Levalle, en el centro de Buenos Aires.
Reunidos en retiro, en un cuartel, los ministros y el Gral. que comandaba las tropas, despertaron a media noche con la noticia que habían comenzado las acciones y que ya se habían producido víctimas.
El Gral. Levalle, en el apuro por salir a pelear, manoteó la casaca militar, el kepis de general, los cordones dorados, las botas relucientes y blandiendo la espada montó en su caballo rumbo al ruido de fusilería. Lucía su barba bien cuidada y con gesto altivo daba unas nerviosas chupadas a su Cavour; cigarro de hoja de tremenda humareda que lo hacía salivar frecuentemente, mientras rugía órdenes y contraórdenes. Carlos Pellegrini y Ramón J. Cárcano lo seguían entre los fieles que apoyaban al presidente en su hora aciaga.
Pero más apuro tenía el general que al no encontrar sus pantalones, salió gallardamente en calzoncillos (de aquellos largos y sin botones en la bragueta, como los actuales de invierno) a vencer a los revoltosos.
Montado en su alazán, alta la cabeza y a paso airoso, recorrió las calles adoquinadas de vuelta al cuartel, muy ufano de haber dispersado a los rebeldes que seguían a Alem e Irigoyen.
Al ser felicitado por sus camaradas recién se da cuenta que anda en paños menores, cuando un asistente le alcanza los pantalones.
A esta revolución, que se llamó “del Parque”, se la recuerda por esta circunstancia, Levalle fue un militar italiano que actuó en nuestro país como otros extranjeros que participaron en La campaña del desierto, conflictos posteriores y la Revolución del Parque, donde participaron Alem e Irigoyen como contrarios del gobierno de Juárez Celman “que no erró desaciertos” durante los años que gobernó, ajeno al orden, las leyes y los intereses del pueblo. Ha sido el gobierno civil más corrupto que hemos tenido.
Las novelas picarescas han abusado de las escenas en que los amantes tomados in fraganti, han tenido que huir saltando muros y ventanas en paños menores para salvarse de las iras del ofendido. Pero el apurado trance de un general en bolas, es todo un acontecimiento histórico poco conocido.
Ver al general espada en mano, en la otra sosteniendo las riendas del corcel, no habrá tenido oportunidad de cerrarle la jaula al pájaro con tanto jaleo bélico, Levalle quedó registrado como un gringo recalentado por las circunstancias y ofuscado por entrar en combate, salga lo que salga.
Eh, la güera e la güera!-, habrase dicho y se prendió de la espada como en los tiempos de Julio César, sin advertir lo comprometido que quedó para la posteridad.
En ese tiempo no andaban los periodistas gráficos registrando el momento, pero un dibujante llegó oportuno.